lunes, octubre 23, 2006

LA MONJA ENANA


Cuando Sor Caridad se enteró de las extrañas circunstancias en que había muerto, corrió a su celda, destripó el jergón en el que dormía y sacó un pequeño cuaderno toscamente encuadernado en el que la monja enana escribía sus memorias. Sabia que se tenia que dar prisa.
Pronto llegarían con ella, la desnudarían y la lavarían. Algunas monjas introducirían su mano en su sexo abultado y chorreante y se persignarían pidiendo redención o castigo. Una vez lavada la amortajarían con un habito negro que le quedaría inmenso, la envolverían en un sudario también negro y la enterrarían en la parte mas alejada del huerto. No se celebrarían misas ni se rezaría por ella. Después irían a su celda recogerían todas sus cosas y las quemarían encima de su tumba.
Cuando todas durmiesen Sor Caridad enterraría su cadena y su medalla en una caja junto a ella y se quedaría con el libro de memorias.


MEMORIAS DE LA MONJA ENANA


Cuando mis padres, sin duda nobles por la cadena y la medalla de oro que pende de mi cuello, me abandonaron en el convento. Supe que mi condición de contrahecha y enana me convertía en un ser insignificante que no merecía la pena tener en cuenta. Desde el principio me dejaron ir y venir a mi antojo por todas las dependencias de la casa, contaba menos que un perro, ya que ni siquiera tenia un cuenco para que me echaran las sobras de la mesa, debía robar el alimento y aprendí pronto a elegir las mejores tajadas de la despensa, buscaba para dormir la celda mas caliente o la más fresca según la temporada, y el rincón más oscuro de la iglesia.
A los ojos de los demás yo no existía y eso me permitía enterarme de todos los secretos. Lo sabia todo de todos. De vez en cuando les entraba cargo de conciencia y se convertían en maestras, una me enseñaba latinajos, otra se empeñaba en que viera a dios en todas las cazuelas, otra me hacia masturbarla o que viera sus coitos con “el pater”. Viendo mi capacidad de aprendizaje competían por ser de quien más aprendiera y así llegué a tener una cierta cultura en todos los ámbitos del cielo y de la tierra. Aunque me hicieron el hábito y la toca de monja jamas jure votos y podía hacer cuanto se me antojaba fuera y dentro del convento. Libre de concepciones morales atendía a los dictados de mi mente y de mi cuerpo; del alma dejaba que fuera Dios quien se ocupara , aunque en mi fuero interno, como todos, dudaba que yo tuviera alguna.
Pronto mi condición de no-monja o monja disfrazada, me permitió salir a la calle y aprender sin esfuerzo las leyes del comercio, era conocedora de todas las transacciones que se hacían, las claras y las oscuras. Nadie veía en mi nada que no fuera un montón de huesos mal compuestos, envuelto en harapos blancos. Yo sufría conocedora de que debajo había una mujer que no había elegido esa coraza.
Un día me hice consciente del poder que da el conocimiento y empece a manipular a diestro y a siniestro, me convertí en carcelera de todos los que habitaban el convento. Me volví astuta, sagaz, espía, verdugo de todos cuantos me rodeaban. Conseguía las mejores transacciones, lo que aumento mi prestigio y autoridad entre mis compañeras.
Por las noches disfrazada de campesina satisfacía las necesidades de la carne. La brutalidad que produce el alcohol entre los ignorantes me resultaba menos dolorosa que la ignorancia y crueldad de los que se creían sabios. Me había hecho poderosa y satisfacía sin piedad mis apetencias.
Cuando iba a la taberna a emborracharme como un hombre, ya que los atributos de mujer me eran negados no conocía el pudor ni la decencia me entregaba sin miramientos a lo que me producía mas placer y en los momentos en los que alcanzaba la cima estallaba en un grito agudo como si estuvieran a punto de abrirme en canal como a los cerdos. Muchos se persignaban a mi paso para pedir perdón por mis pecados pero en su fuero interno rogaban acceder también ellos a un deleite tan excelso.
Cuando apareció el padre Bonifacio en el convento, la flecha de cupido traspaso mi carne, deje de comer, perdí el interés por todas las transacciones que hacia. Hasta me dejaba engañar para convencerme a mi misma que aun tenia la posibilidad de ser buena.
Al principio pasaba las horas intentando verle aunque fuera de lejos, su figura era alta y fina, manos de dedos largos poco acostumbradas al trabajo de la tierra. Su piel era oscura como su pelo. Sus ojos negros y brillantes dejaban entrever una continua excitación intelectual, la visión de algo misterioso. Sus labios eran gruesos y abultados mostrando que entre tanta inteligencia también bullía el deseo de la carne.
Con mis astucias y sagacidades fui acercándome a él hasta convertirme en la encargada de toda su intendencia. Mientras estaba en la biblioteca trabajando yo permanecía horas en su celda investigando los más mínimos detalles. Un día aburrida empece a leer sus latinajos. No es que yo fuera muy aficionada a la lectura, mas bien me atraía pensar en su mano acariciando la pagina cuando escribía. Pero él pasaba tantas horas en la biblioteca que no me quedo mas remedio que leerlas. Y llegue a leerlas tantas veces que pude comprender su significado. Hacia tanto énfasis en la figura de la mujer que quise ser una de ellas. Y en un delirio de amor desee hacer desaparecer mi joroba a base de darme latigazos con su cilicio. Un día, de los que yo arrodillada sobre sus papeles me pegaba con mas furia, abrió la puerta y mantuvimos el siguiente dialogo:
-¡Hija mía...!
-¡Padre!
-¡Hija mía...!
-Me arrepiento, Padre.
-¿Has leído eso?
-Enterito, Padre.
-Y, ¿qué opinas?
-Está bien escrito.
-Me halaga...
-Y es bien interesante.
- Ven hija siéntate y hablemos.
Su tono era tan dulce que me deshice en mieles por las piernas.
A partir de ese día nos empezamos a reunir todas las semanas en su celda a intercambiar opiniones como él decía, aunque la realidad era que él hablaba y yo escuchaba o mejor dicho hacia que le escuchaba, mientras le miraba las distintas partes de su cuerpo. No hacia falta ser muy inteligente para seguir la conversación, bastaban pequeñas expresiones afirmando, negando o interrogando para que él, entusiasta de creer que alguien compartía con él sus visiones teológicas, no se diera ni cuenta de la posición real de su interlocutor. Si por un momento callaba era suficiente decir… “entonces ¿cómo es que…? ? ¿ Y si fuera cierto…. ? Para que un torrente de palabras cayera sobre mí.
Una tarde, le vi mas agitado que de costumbre, el brillo de sus ojos era intenso y trato durante horas de explicarme la visión que había tenido por la mañana. Su excitación contagiosa había provocado un ardor en mi entrepierna y un deseo de abrazarle tan intenso que cuando me arrodille para recibir su bendición note que su pene estaba erecto. No pude por menos que meter mi cabeza bajo su sotana besársele y hacerle conocer la elevación de otro tipo de transito, que hacia multiplicar el que ya había tenido a grados infinitamente superiores, como el milagro de los panes y los peces del que tanto me había hablado.
Fue a partir de ese día que empezó a desear experimentar todas las tardes la comunión del éxtasis del cuerpo y de la mente.
Un día me obligo a quitarme los andrajos con los que me cubría. Se quedo sorprendido de la blancura translúcida de mi cuerpo, de lo extraordinariamente proporcionado pese a su tamaño reducido y a la chepa de mi espalda que él en un arranque poético la llamó “el cofre de mis alas”. Besó mis pechos como dos limones con un pezón erguido y oliváceo, mi vientre liso y mi sexo abultado. Mi cabellera despojada de su toca era de color cobrizo larga y rizada, mis ojos verdes expresaban el pudor de mi desnudez, nadie antes había visto mi cuerpo de esta forma.
No me dejo vestirme, me obligo a permanecer subida en una silla en actitud de ángel anunciador mientras el se masturbaba hasta terminar regando mi cuerpo con su esperma.
Podría relatar otras mil formas que él inventaba cada tarde para conjugar sus visiones místico carnales con su ángel de la guarda, como había dado en llamarme.
Si no fuera por el dolor que me produce el recuerdo de esos momentos vividos hasta el día que se produjo su muerte…. Fue una tarde de tormenta, bien entrado ya el otoño, el cielo casi negro rasgado de relámpagos que iluminaban nuestros cuerpos desnudos y un retumbar de truenos que apagaban los gritos de nuestros excesos. Bonifacio había decidido que si era capaz de controlar la eyaculación mientras duraba mi orgasmo, hasta el numero clave de siete veces siete, alcanzaríamos ambos la iluminación definitiva de su tetra-trinidad. Cuando íbamos por el numero treinta y tres un estertor salió de su pecho al mismo tiempo que un rayo traspasaba el ventanuco de la celda atravesando su cuerpo cayendo él muerto y yo despedida hacia atrás. Su semen descontrolado regó su cara transfigurada como quien ha visto a Dios y cae fulminado ante visión tan espantosa.
Fue tal el terror que experimente que salí medio desnuda huyendo del convento.
Nadie ha extrañado mi ausencia mientras arreglan los tramites de su muerte. Duermo durante el día, por las noches voy a la taberna disfrazada, bebo y pago si hace falta para que me realicen servicios sexuales capaces de ahogar el secreto que llevo dentro.








5 comentarios:

mentecato dijo...

Que la maldición de la monja enana nos haga escribir siempre hermosos textos...

Un abrazo.

dr. Vicious dijo...

¡Magnífico! Qué relato tan caliente y tan poético, y qué dominio de la autora de las artes de la comunicación y cómo se puede engañar al interlocutor (párrafo del diálogo del padre con la monja). Me gustó mucho, de veras. Y es una monja muy, muy apetecible...
Un abrazo

Lila Magritte dijo...

Veo las llamas del infierno, encendidas por la monja enana, que ya van consumiendo el arcón mágico.

mentecato dijo...

Vengo a releer. Vengo con unción. Un silicio me rueda las caderas. No obstante, mis labios babean. Pienso: soy la "vox clamantis in deserto". Me hinco sintiendo a los ángeles y serafines. Sin embargo, oigo quejidos y roces en, cada vez, velocidad que se incrementa.

Exclamo, como en una patética confesión: "El espíritu es fuerte, pero la carne es débil".

Therese Bovary dijo...

¡Qué cosas ocurren! No sabía que aquí estaba la verdadera historia de la monja enana, esa que se habían puesto a contar fragmentariamente un par de cronopios maravillosos llamados Mentecato y Dr. Vicious.
Abrazos para esta maga llamada Fortunata.