miércoles, septiembre 20, 2006

LA CHICA DEL ANUNCIO

Él la miraba

Estaba sentada en una silla a horcajadas.

Miraba; sus rodillas, una inflexión perfecta entre muslo y pantorrillas; sus senos asomando entre los barrotes del respaldo; su boca abierta apenas y la punta de la lengua ; un corpiño abrochado con cordones sostenía su cintura; sus pies sobre zapatos de tacon alto; sus ojos reclamando su deseo; su pelo una llamada para las yemas de sus dedos.

Estaban separados por un río de coches y bocinas un humo pestilente de bencina

Él la miraba

La miraba sentado detrás de la pantalla, tecleando informes con cifras inacabables, ordenando papeles, abriendo y cerrando sobres, de la mañana a la tarde.

Una vez en casa, se encerraba en su despacho, escribía poemas incendiados que encabritaban su deseo de carne.

Entonces, silencioso, llegaba hasta la cama y se hundía en la carne blanca y fresca de su esposa que yacía como muerta, ajena a él desde hacia mucho tiempo. La tapaba la boca para acallar unos gemidos que nunca se emitieron. Y derramaba en ella un liquido amargo y agrio que no producía siembra.

3 comentarios:

Amor dijo...

¿Y se hizo daño? Lo otro: yo sí creo que se puede escribir en abstracto, sin que esté claro del todo a quién te diriges. Es más, incluso se escribe con más libertad porque no hay que ceñirse a datos reales. Un beso, Fortu, de
Amor

Marga dijo...

Triste relato... aunque me encantó tu forma de escribirlo.

Besosssssss, fortunata!

Qymera dijo...

En la composición de la materia del deseo está inscrita la transgreción. Por un lado, el péndulo oscila hacia la exhuberancia y por el otro hacia lo futil. Buen relato que nos hace recordar que estamos hechos no sólo de ideas sino también de carne deseante.