sábado, enero 14, 2012


El ángel

Mi madre solía decir: “Ha pasado un ángel” cuando. por alguna razón inexplicable. parábamos nuestro alboroto de niños y se hacía silencio. En esos momentos me parecía que el espacio se ampliaba, se llenaba de luz y todo tomaba relieve. Era cuestión de segundos por que enseguida volvíamos a nuestros juegos, a los gritos, las risa y las peleas.
De adolescente me juntaba con los muchachos de la pandilla en el parque, allí peleábamos, contábamos chistes malos, o fumábamos nuestros primeros cigarrillos hasta que pasaba un ángel en forma de muchacha, entonces se hacía el silencio, nos quedábamos sin respiración viéndola alejarse. En verano los ángeles que más nos gustaban tenían melenas rubias, ojos claros y se llamaban Pauline o Joel, en invierno nos conformábamos con las morenas llamadas Carmen o Teresa.
Al crecer me centré en una de esos ángeles, me hice adulto y responsable y durante unos cuantos años lleve una vida tranquila de una felicidad sin aspavientos.
Pasados unos años todo se fue al garete, murió mi madre de un cáncer, mi esposa dejó de ser tan angelical y nos separamos, como no teníamos hijos nos evitamos unos cuantos problemas. Se habían puesto de moda los despidos, y a mi también me tocó el finiquito. Al principio viví en un pequeño apartamento. Mas tarde me cambie a una habitación en un piso compartido con ucraniano y un polaco. Hablábamos poco, por que no nos entendíamos demasiado, y solo nos juntábamos para beber en compañía, era triste, intentaba pasar el menor tiempo posible en la casa. Durante el día iba a la biblioteca, llenaba formularios de búsqueda de empleo, leía el periódico ... Por las tardes me iba a ver exposiciones, a conciertos, cualquier cosa que fuera gratuita y donde pudiera protegerme de las inclemencias del tiempo. Necesitaba cansarme, si no llovía demasiado, iba a todas partes andando, la verdad es que tampoco tenía dinero para transporte. Huía a los amigos, mis hermanos me invitaba a sus casas, pero siempre encontraba excusas para que no supieran hasta que punto había caído. Mis ahorros se estaban acabando, daba vueltas sobre posibles ocupaciones, pero no se me ocurría nada. Era torpe con las manos, enclenque, y no tenia demasiada formación. Mi trabajo había sido de chupatintas, era un vulgar oficinista sin apenas conocimientos de informática, no tenía demasiadas opciones.
Sí, es cierto, era una época oscura, pero yo poco a poco me había acostumbrado a ella. Mis gozos eran simples y me aferraba a ellos. Disfrutaba, por ejemplo, el día en que rebuscando las basuras del supermercado me adelantaba a las hordas de mendigos y conseguía un poco de queso a punto de caducar y una barra de pan, o un chorizo al que le quitaba el moho con paciencia hasta dejarlo en un corazón sabroso de grasa roja y carne que cocía con patatas. Aunque lo que mas me gustaba era contemplar mujeres, mujeres inaccesibles a las que miraba escondido. Tenía varias, los martes me gustaba ir a esperar a una joven que trabajaba en una tienda de zapatos, a las ocho y media echaba el cierre de la puerta, me gustaba verla agacharse, empujar la verja, cerrar el candado y verla alejarse caminando con sus tacones altos. Los viernes después de las seis es gratis entrar en el museo y allí estaba puntual a contemplar a mi diosa india, una mujer pequeña, latina de rasgos finos y ojos negros que a diferencia de otras, le gustaba estar en silencio. Ella se convertía en la heroína de todos los cuadros, Artemisa, Dafne, Andrómeda y yo el joven Apolo, Dionisios o Hércules. !soñar cuesta tampoco! El placer era escaso por que enseguida venían a echarnos, el museo se cerraba. Los domingos iba a un parque no lejos de mi casa, había una mujer que bajaba a los columpios con sus niñas, tres niñas alegres que corrían de un lado a otro y que venían cada poco a ver a su madre. Nunca veía al padre. Me escondía detrás del periódico observando como las estiraba los vestidos, como las arreglaba el pelo y como las consolaba cuando se habían hecho daño con sus juegos. Entonces me gustaba soñar que era mi esposa, que después nos iríamos a casa y mientras ella bañaba a las niñas yo ponía la mesa y calentaba la sopa, antes de acostarse las pequeñas pasarían sus brazos tiernamente por mi cuello y olería su pelo limpio y sedoso y las besaría dándoles la buenas noches. Cuando ya estuvieran dormidas nosotros descansaríamos en el sofá con una película en blanco y negro y me abandonaría en su regazo.
Eran fantasías, la realidad era otra, ellas partían cantando hacia su casa y yo lloraba esa noche en mi cama pensando que ella me consolaba.
Hubo varias, unas mas sensuales, otras mas tiernas…, con todas me inventaba una historia que me valía para calmar todas mis ansias o para llenar con sueños todo mi vació.
Los días pasaban lentos a la inversa que pasaba con los ahorros que volaban. ¿Cuánto tiempo más podría vivir sin encontrar una fuente de ingresos? Empecé a visitar parroquias en busca de ropa y comedores sociales para hacer al menos una comida caliente al mediodía. No tenía claro hasta cuando podría pagar la habitación, estos pensamientos me quitaban el sueño. Ya solo me faltaba un peldaño por bajar, dormir en la calle sobre cartones, y de vez en cuando una noche en un albergue. Llorar no resolvía nada, pero era lo único que hacía. A veces pensamientos siniestros venían a mi mente, los desechaba siempre, no por que fuera un cobarde si no por que me gustaba la vida, me gustaba el sol iluminando los edificios, la calles atestadas de gente, lo parques solitarios, ver jugar a los niños, las mujeres… Nada dura eternamente, pensaba, mi vida tenía que cambiar, estaba tocando fondo y luego no quedaría mas remedio que subir a la superficie.
Una mañana fui como siempre a la biblioteca a mirar el correo, y echar curriculums, a mi lado había un hombre, no solía mirar lo que hacían los demás , pero esta vez lo hice, el hombre me preguntó
–¿Buscas algo?
–Sí, trabajo.
–¿Qué tipo de trabajo?
–Cualquier trabajo me sirve, si yo le sirvo a él.
–Ve a este sitio esta tarde. –y me tendió una tarjeta.
–!Gracias!, intentaré ir. –la guardé sin poner demasiada atención y seguí enviando curriculums.
Por la tarde después de comer en el asilo de las mojas auxiliadoras, me fui al parque a dormitar, el sol calentaba lo justo para poder instalarse en un banco. Entonces me acordé de la tarjeta. Era un cartón azul celeste con un ángel tendiendo la mano, debajo venia una dirección, no estaba lejos y total no tenía nada que hacer, indicaba un piso, subí las escaleras y encontré una puerta azul semiabierta.
–Se puede –grité
–Adelante –escuché la voz de una mujer -Pase, pase ¿A quién busca?
–La verdad es que no lo sé, un hombre esta mañana me dijo que aquí podría encontrar trabajo.
–Veremos que podemos hacer por usted.
–¿Dónde estoy exactamente?
–Dónde va a estar, en una agencia de trabajo, ¿no es eso lo que busca?
-Sí ,claro... pero...
-Si me dice que sabe hacer, intentaré ver si hay algo para usted.
La mujer no era bonita pero su voz era dulce e inspiraba confianza. Le empecé a contar mi vida, mi experiencia laboral de administrativo, intente no ser llorón y mantener mi dignidad. Ella escuchaba en silencio. Las palabras salian atropelladas, llevaba mucho tiempo sin hablar y sin que nadie me escuchara, quizá no sacará nada al final, pero era agradable estar allí. Si yo callaba ella me hacia nuevas preguntas que desataban mi lengua.
–Espere –dijo levantándose y entrando en una habitación contigua.
Volvió con unos papeles.
–No se ajusta exactamente a su perfil, pero para empezar quizá le sirva. ¿le importaría cuidar un hombre enfermo?
–Nunca he cuidado de nadie, pero si están conformes conmigo, no me importaría.
–Es un hombre afable, y no ha perdido la cabeza, pero necesita que alguien le atienda. No puede quedarse solo, no se vale por si mismo. Tendría que quedarse a dormir. El sueldo no es muy alto, pero incluye cama y comida.
La verdad es que no era esto exactamente lo que buscaba, pero si lo que necesitaba en ese momento, una casa, comida y un poco de dinero y hasta alguien con quien hablar.
-Por mi de acuerdo.
-Llamaré para concertarle una entrevista. Póngase guapo, vaya a la peluquería –me dio veinte euros. No se olvide de devolvérmelos cuando cobre el primer sueldo.
Me sonroje, no tenia elección, tome el dinero.
–!Gracias! En cuanto cobre vendré a traérselos.
Al hombre le gusté, me fui a vivir a su casa. El trabajo no era complicado tenía que estar pendiente de lo que pudiera necesitar, salir de paseo, leerle lo que me pidiera, acostarle y levantarle y cosas por el estilo. Todos los días venía una mujer tres horas que se encargaba de la limpieza y la comida, también venía los sábados para que yo pudiera salir un rato, había estado tanto en la calle que ahora disfrutaba más quedándome a leer tranquilo en mi habitación. Los días pasaron rápidos y pronto cobré mi primer sueldo, en cuanto pude me escape a la dirección de la agencia para dar las gracias y devolver los veinte euros. La puerta ahora era marrón y vivía una familia magrebí que no supo darme explicaciones.
Le pregunte al señor para el que trabajaba si sabia de quien era la agencia de trabajo con la que me habían contratado.
-No tengo ni idea, de eso se ocupa mi hijo Ángel-dijo.

Imagen: W. Blake

2 comentarios:

pluvisca dijo...

Que historia mas hermosa y también real, con se toque de esperaza que nunca nos debiera abandonar...

Hay un ángel ahí fuera, pero no creemos en él...

Besos

Anónimo dijo...

Bella historia, la leí de corrido, llevado por el argumento.
Te habías perdido del blog. Me alegro que hayas vuelto, y con esta historia.
Abrazos
D.