domingo, abril 11, 2010



Al amanecer tuve un sueño. Un sueño de ojos abiertos, de nubes translúcidas. Allí estabas Tú.
Tú no eras nadie, no tenias nombre, ni historia, o tu nombre no casaba contigo, ni tu historia te pertenecía. Tampoco eso era lo importante. Cavabas pozos de nieve blanca, relumbraban los copos al chocar con tus mejillas.
Tu imagen era tan parecida a la imagen que yo tenia de ti que pude reconocerte. Tenias ojeras azuladas entorno a los ojos y un tono cárdeno en los labios, los pómulos teñidos de carmín, las manos blancas. Ejercitabas una extraña danza universal, conjurabas el cosmos en cada movimiento de los brazos, los pies apenas rozaban las nubes blandas. Pronunciabas en todas las lenguas el canto del amor. Llorabas.
Elevé mis manos a modo de copa y cada gota fue recogida. Cada sorbo de tus lágrimas apagaba la soledad de mis noches pasadas, calmaba el aislamiento de los días.


Vino el sol brillante sobre un cielo azul intenso y apago todo lo que veía.


Imagen: W. Blake

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante
D.

ybris dijo...

Pasamos por la vida encontrándonos con sueños con los que nos identificamos.
Su fecundidad consiste en suscitar los sentimientos que nos hacen sentirnos más nosotros, más acompañados.
Claro, deslumbrante amanecer tras ese sueño.

Besos.

Auxi González dijo...

Me acabas de recordar un poema de Salinas. Precioso texto.

Esther Hhhh dijo...

Bonito sueño...

Besitos

mentecato dijo...

¡Bellísimo texto! Armadura alada para un sueño...

Bohemia dijo...

çIntensas letras oníricas...Bss